Mutilaciones de ganado en Argentina: qué encontró la investigación oficial de 2002 y qué quedó sin explicar

Más de cien vacunos con cortes quirúrgicos, un informe de la Unicen y el experimento que cerró el caso. Y el cabo que quedó suelto.

Campo pampeano al amanecer con niebla baja sobre el pastizal, un alambrado de postes de madera en primer plano y el sol filtrándose entre las nubes.
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Entre abril y julio de 2002 aparecieron en el campo argentino más de un centenar de vacunos muertos con cortes que parecían quirúrgicos: mandíbulas peladas, orejas y ojos faltantes, incisiones limpias en el recto y la ubre, y casi nada de sangre alrededor. El caso ocupó la tapa de los diarios durante meses. La conclusión oficial, presentada el 1 de julio de 2002 ante el SENASA, fue que los animales habían muerto de enfermedades comunes y que las mutilaciones las hizo un ratón de 16 centímetros. Lo que casi nunca se cuenta es cómo llegaron a esa conclusión, y es la parte más interesante del asunto.

Qué encontraron los productores

Los casos se concentraron en La Pampa, Buenos Aires y Entre Ríos, y aparecieron también en otras provincias. El patrón se repetía: animales hallados en el potrero sin signos de forcejeo, con tejido blando removido de las aberturas naturales —boca, orejas, glándula mamaria, recto y vulva— y bordes que a los veterinarios les parecían demasiado prolijos para ser obra de un carroñero.

Cuando los veterinarios de campo admitieron que no podían explicarlo, el vacío se llenó solo. En los pueblos afectados circularon tres hipótesis: una secta que sedaba animales, un experimento militar y, sobre todo, ovnis. Varios grupos de investigación recogieron además testimonios de luces extrañas en las zonas de los hallazgos.

El experimento que cerró el caso

El SENASA encargó el estudio a la Universidad Nacional del Centro (Unicen), con sede en Tandil. La investigación se hizo sobre 30 animales de 18 establecimientos de los partidos bonaerenses de Olavarría, Tandil, Tres Arroyos, Coronel Pringles, Coronel Dorrego y Balcarce, con participación del INTA y de las universidades de Buenos Aires, Río Cuarto y General Pico.

El rector de la Unicen, Néstor Auza, explicó por qué habían tardado tanto: los primeros animales que examinaron llevaban diez días muertos. Recién cuando consiguieron ver vacunos fallecidos 48 horas antes aparecieron rastros que en los otros ya no estaban: marcas de carroñeros, roedores y aves.

Entonces hicieron dos cosas que convirtieron una sospecha en una demostración.

La primera: colocaron animales muertos por causas conocidas junto a los denunciados. En pocas horas, los animales control presentaban lesiones similares en las mismas aberturas naturales. La segunda: atraparon roedores y los alimentaron con órganos de los animales muertos. El informe registra que «mostraron una especial voracidad por los órganos suministrados».

Y apareció el dato que explica la impresión de bisturí: los cortes eran mucho menos precisos en los animales con pocos días de muertos. La prolijidad no venía de la herramienta sino del tiempo — la deshidratación y la retracción del tejido van dejando bordes cada vez más netos.

El ratón

El principal responsable, según el informe, es el hocicudo rojizo: un roedor de no más de 16 centímetros que normalmente come lombrices, babosas, caracoles, arañas y hormigas pequeñas.

Las muertes, en cambio, se atribuyeron a causas veterinarias corrientes de esa época del año: enfermedades infecciosas —entre ellas la mancha—, neumonías y carencia de minerales, con temperaturas bajas de por medio. Es decir: los animales no murieron mutilados, fueron mutilados después de morir.

El presidente del SENASA, Bernardo Cané, lo resumió sin diplomacia el día de la presentación: «No hubo enanitos verdes o extraterrestres ni presencia de narcóticos». Lo segundo importaba tanto como lo primero: al no encontrar somníferos en los análisis, se caía la hipótesis de la secta que sedaba al ganado.

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Lo que el informe dejó sin explicar

Acá conviene ser honesto, porque el expediente no cierra del todo y decirlo no es concederle nada a la hipótesis extraterrestre.

El propio informe reconoce que la población del hocicudo creció mucho —lo atribuye a dos años de humedad alta y temperaturas benignas, más el avance de la agricultura en la zona pampeana— pero admite que no se determinó por qué el animal cambió sus hábitos alimentarios. La toxicóloga Ofelia Tapia, de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Unicen, lo dijo con todas las letras: «Esto merece un estudio».

La objeción más repetida por los investigadores independientes fue de distribución: sostienen que la especie no estaba presente en buena parte de las zonas donde hubo casos. La consignamos como lo que es —una objeción, no un dato del informe— porque no encontramos una fuente oficial que la evalúe.

Y queda un tercer punto que nadie discute: el fenómeno volvió. En 2018 aparecieron nuevos casos con el mismo patrón en la región, y la explicación de 2002 no evitó que la discusión empezara de nuevo.

Por qué el caso sigue vivo

Hay una asimetría que explica la mitad de esta historia. Una explicación extraterrestre no necesita probar nada: le alcanza con que algo sea raro. Una explicación científica tiene que dar cuenta de todo, y cuando deja un cabo suelto —acá, por qué un ratón insectívoro se volvió carroñero— ese cabo pasa a ser la prueba de que la explicación no sirve.

El informe de la Unicen es sólido en lo que demuestra: los animales murieron de causas naturales y los cortes los hicieron carroñeros. No es igual de sólido en el porqué del cambio de conducta del roedor, y eso quedó abierto. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo.

Es el mismo mecanismo que sostiene otros expedientes del archivo argentino, como el caso Trelew de 1962, que sí quedó documentado con sello oficial.

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Preguntas frecuentes

¿Qué fueron las mutilaciones de ganado en Argentina en 2002?

Una serie de hallazgos de vacunos muertos con tejido removido de las aberturas naturales —boca, orejas, glándula mamaria, recto y vulva— y cortes de aspecto quirúrgico. Afectaron a más de un centenar de animales en La Pampa, Buenos Aires, Entre Ríos y otras provincias entre abril y julio de 2002.

¿Cuál fue la conclusión oficial del SENASA?

Que los animales murieron por causas naturales —enfermedades infecciosas como la mancha, neumonías y carencia de minerales— y que las mutilaciones las produjeron carroñeros después de la muerte, principalmente un roedor conocido como hocicudo rojizo. El informe lo elaboró la Universidad Nacional del Centro y se presentó ante el SENASA el 1 de julio de 2002.

¿Cómo demostraron que fueron los roedores?

Con dos pruebas. Colocaron animales muertos por causas conocidas junto a los denunciados y en pocas horas presentaron lesiones similares en las mismas aberturas naturales. Y atraparon roedores y los alimentaron con órganos de los animales muertos: el informe registra que mostraron «una especial voracidad» por ellos.

¿Por qué los cortes parecían hechos con bisturí?

Porque los primeros animales examinados llevaban diez días muertos. Cuando la investigación pudo analizar vacunos fallecidos 48 horas antes, los cortes resultaron bastante menos precisos. La prolijidad aumentaba con el tiempo transcurrido, no con la herramienta usada.

¿Qué es el hocicudo rojizo?

Un roedor de no más de 16 centímetros que se alimenta habitualmente de lombrices, babosas, caracoles, arañas y hormigas pequeñas. Según el informe, su población creció de forma notable por dos años de humedad alta y temperaturas benignas sumados al avance de la agricultura en la zona pampeana.

¿Qué quedó sin explicar?

Por qué ese roedor modificó sus hábitos alimentarios. El propio informe lo admite y la toxicóloga Ofelia Tapia, de la Unicen, señaló que «esto merece un estudio». Los investigadores independientes agregaron una objeción de distribución geográfica de la especie, que no encontramos evaluada en fuentes oficiales.

¿Volvieron a aparecer casos después de 2002?

Sí. En 2018 se reportaron nuevos hallazgos con el mismo patrón en la región, y la discusión sobre sus causas volvió a abrirse.

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