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Día del Maestro, gracias a un "loco" progresista llamado Sarmiento

Un día del maestro con sueldos que no le escapan a la pobreza no parece ser un homenaje justo.

El reconocimiento en tiempos del capitalismo es mediante dinero, no con palmadas en el hombro.

Bien lo supo Domingo Sarmiento, el gran homenajeado (y con justa razón) cada 11 de septiembre.

Uno de nuestros próceres más lúcidos y provocadores que entendió que, en aquellos tiempos de la joven Argentina del siglo XIX, sin educación no había futuro.

Sabía que un país forja su derrotero construyendo un presente entre todos los habitantes de un mismo suelo; con un mismo ideario y con un mismo horizonte.

Todos en sus lugares de responsabilidad y todos trabajando por los demás, que es trabajar por uno mismo, en una comunidad integrada.

Aquella Argentina de prosperidad y crecimiento de finales del siglo XIX y principios del siglo XX tuvo cimientos en bases políticas e ideológicas sólidas como las de Juan B. Alberdi y el hoy homenajeado Domingo F. Sarmiento.

Sin embargo, hoy es insuficiente homenajear a los maestros y maestras evocando tiempos pasados, más cuando nuestro presente está en emergencia.

Aquellos forjadores de la Argentina que vimos brillar miraban para adelante y construían futuro soñando despiertos.

Hoy el reconocimiento de los educadores debe estar en la exhortación por un futuro mejor, más que en la añoranza de tiempos pasados; nos pueden inspirar pero mirando hacia adelante.

Si hoy no tenemos un futuro común para debatir entre argentinos, el día del maestro será pura retórica.

Y para tener un destino merecido probablemente haya que torcer o cambiar el presente, como lo promovió Sarmiento.

Animándose a decir lo que casi nadie decía, a riesgo de que lo trataran de loco.

Denunciando a los corruptos que por entonces robaban de lo público con la misma impudicicia con la que hoy se lo sigue haciendo; con o sin guantes; con o sin recato.

Hoy va el homenaje a aquel Sarmiento que nos invitó a debatir, no para tener razón personal, sino para lograr conclusiones colectivas y superadoras.

Y si tiene que haber una grieta (que casi inevitablemente siempre las hay y no solamente en nuestra Argentina) que sea entre los que viven atrapados en el pasado de las prebendas personales y los que queremos un futuro de transparencia, igualdad y progreso colectivo.

Y que, en definitiva, lo que nos divida sea el sentido de la educación de nuestros hijos: o para que crezcan de manera egoísta e individual o para que maduren de manera colectiva, todos dentro de un mismo proyecto de país.

Que el que quiere solo crecimiento personal que se pague sus estudios; y el que desee ser un servidor público que tenga su retribución como tal, con dinero en los bolsillos y reconocimiento social.

Esto último fue lo que hizo Sarmiento cuando soñó y promovió la educación pública, sin distintivos dinerarios o de clase.

Sin dudas, un progresista de la igualdad.

Si el sanjuanino nos hizo blancas palomitas y nos fue bien, que nos hayamos ido oscureciendo y diferenciando cromáticamente no es un buen síntoma de nuestra evolución social y mucho menos de nuestra calidad educativa.