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¿Cómo nos comunicamos sin violencia?

La pandemia nos interpeló profundamente y de alguna manera nos invitó a repensar nuestros vínculos, a mirarnos a nosotros mismos y mirar de otra manera a los otros.

¿Cómo nos comunicamos sin violencia?
Luciana Cataldi en la presentación virtual de su libro "Yo, comunidad"

Conversamos con Luciana Cataldi, especialista en comunicación no violenta para entender en qué fallamos y cómo podemos mejorar nuestras relaciones.

Las personas que hablan de ella destacan su generosidad y compromiso con generar espacios donde las personas tomen conciencia de que su existencia es con el resto. “Si empezamos a comunicarnos desde un lugar genuino, sanador y con una escucha compasiva las relaciones se fortalecen”, asegura Luciana Cataldi.

Es emprendedora social, constructora de paz, abogada, mediadora internacional con perspectiva de género y coach. Se especializó en comunicación no violenta - Comunicación no violenta CNV - por Marshall Rosenberg. También es neuro educadora, instructora y divulgadora de la justicia restaurativa, prácticas restaurativas y círculos de paz.

Recientemente publicó su primer libro “Yo, comunidad” que aborda el autoconocimiento como primer paso para dimensionar cómo nos comportamos y reaccionamos dentro de los ámbitos en los que nos desarrollamos. El libro es una invitación a hacer un recorrido emocional desde lo individual hacia lo colectivo. “La transformación cultural es posible si primero miramos hacia adentro”, dice convencida.

¿Crees que la pandemia nos vino a dejar un mensaje?

La pandemia nos vino a dejar un mensaje de cómo nos percibimos, cómo nos miramos y cómo trabajamos en comunidad. Una lección para entender que el camino no es ser individualista sino que tenemos que mirar a los otros, entender sus realidades y contextos.  

La pandemia trajo el miedo, una emoción que genera y desencadena otras emociones como la ansiedad, la frustración y conecta con procesos de depresión. Quien no tenía una buena gestión emocional se conectó con estas emociones. Esta pandemia puede haber sacado lo mejor y lo peor de las personas, depende de cómo uno estaba previamente y cómo pudo abordar la situación.

Vos sos una abanderada de la Comunicación No Violenta, ¿cómo llegaste a serlo?

La comunicación no violenta llegó a mí en 2002 cuando vivía en Nueva York y estaba en la búsqueda de capacitaciones y cursos. Mis inquietudes me llevaron al Instituto de Comunicación No Violenta que, de la mano de su creador, transmite un lenguaje de vida. Como seres humanos somos lingüísticos y gregarios porque las comunidades nos hacen “ser” y es necesario comunicarse de una forma no violenta para convivir.

Nosotros vivimos en un modelo punitivo y retributivo donde si hago algo bien obtengo una recompensa y si hago algo mal, por el contrario, tengo un castigo. Nos movemos en los binomios bueno - malo, lindo -feo, gordo - flaco, nuevo - viejo, entre tantos otros. En este contexto, vamos construyendo estructuras desde muy pequeños y vamos generando estereotipos y polarizaciones. A nosotros nos enseñan a contraatacar lo que los otros dicen, en lugar de tomarnos el momento para escuchar lo que dice. La comunicación no violenta propone una comunicación que nos permite ver todo desde otro lugar con una escucha compasiva que brinda presencia, que no es más que la escucha profunda que nos permite estar para el otro.

¿Cuáles son los contextos propicios para impulsar la Comunicación No Violenta?

La familia, la escuela, el ámbito laboral, la política, el barrio, cualquier lugar donde convivamos. La comunicación es básica para el vínculo. La comunicación no violenta tiene cuatro pasos. El primero es observar sin juzgar. El paso dos es explorar lo que una situación me produce y qué emoción aparece. El tercer paso es buscar las necesidades no satisfechas y una vez que tengo identificado qué necesito, paso al cuarto paso que es poder pedir.

Esta estructura permite un lenguaje de comunicación no violenta en la cual no le digo al otro lo que tiene que hacer para que yo me sienta bien sino todo lo contrario, que es aceptar lo que me pasa, aceptar a los otros y rodearme de las personas que me hacen bien. Los vínculos de calidad aparecen cuando nos escuchamos, nos sentimos a gusto y nos entendemos.

¿Qué nos falta a las personas para dejar de generar espacios violentos?


Fundamentalmente aprender a gestionar nuestras emociones, entender cómo funciona nuestro cerebro y tener un profundo autoconocimiento, porque no todas las personas somos iguales. Necesitamos aprender también a poner límites y tenemos que desaprender y dejar de naturalizar la violencia para poder aprender lo nuevo que nos conecta con la no violencia.

Los contextos violentos se rigidizan en las estructuras existentes. Hacia esos sistemas que no cambian, las personas reaccionan de forma violenta. En mi libro “Yo, comunidad” hablo sobre este aprendizaje que nos permite construir nuestra mirada contemplando también la mirada de los pares. El cambio está en marcha, los niños y jóvenes tienen otra impronta.

¿Por qué ahora “Yo, comunidad”?

Este libro lo vengo pensando hace mucho tiempo y tiene que ver con mi recorrido y mis aprendizajes. Abordo las emociones, la comunicación no violenta y las prácticas restaurativas que nos llevan al buen convivir que es todo lo contrario a lo que estamos viviendo a nivel global, donde las asimetrías de poder son generadoras de esta violencia estructural.

El libro es mi aporte para que podamos convivir de una forma mucho más sana y podamos en definitiva ser felices. El sentido de la felicidad es poder convivir bien con quienes tenemos a nuestro alrededor.

La palabra Ubuntu, que cito en el libro, significa “yo soy porque el otro es”. Cuando entendemos que yo estoy aquí porque hay un otro y que yo soy porque el otro es, empiezo a cambiar la manera de relacionarme con el entorno.



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